Esto ha pasado de largo, pero considero que es lo bastante importante como para ignorar el hecho de que sea un día concreto. Es algo que debería permanecer en vuestras mentes todos y cada uno de los días, pues si pensáis que hay una norma como esta que deba cumplirse siempre, quizá estéis en un error.
Leed sin miedo. Es una entrada amena. No la escribo yo. La escribe el famoso Sergio L. Palacios, profesor y creador de la asignatura de "Física en la Ciencia-Ficción" en la universidad de Lugones, Asturias, si mal no he entendido. También escribe un blog al mismo respecto. Espero que os guste y que la disfrutéis con una mente crítica y abierta. Como buenos Ñuses que sois.
Hace tan sólo un ratito que me he enterado, por pura casualidad y gracias a un post en el blog de Wis, de que hoy 20 de diciembre se celebra el Día Mundial del Escepticismo. Y aquí me tenéis, dispuesto una vez más a improvisar. Espero que me sepáis perdonar semejante atrevimiento a pesar de que este blog no cuenta entre los que habitualmente se engloban en las redes escépticas.
Sin embargo, yo sí que considero que FCF es un blog escéptico, y mucho. De hecho, Física en la Ciencia Ficción no sólo se dedica a difundir y divulgar la física utilizando la ciencia ficción como disculpa, sino que al mismo tiempo (y vosotros, mis fieles lectores, lo sabéis) desde estas páginas intento continuamente que no os creáis todo lo que veis en la pantalla del cine. Al menos, cuando lo que intentan colarnos es pseudociencia por ciencia. Es un propósito muy loable que el cine nos intente entretener, divertir y hasta enseñar. Pero todo tiene un límite y tanto la ciencia como el método científico han de atenerse a unas reglas del juego y a unas herramientas reglamentarias con las que jugar.
Para jugar al fútbol se ha de utilizar un balón reglamentario, el golf requiere de palos homologados, en un campaonato de natación no se pueden usar aletas y para competir en una carrera de sacos, no se pueden sacar los pies por fuera.
La ciencia no constituye una excepción a lo anterior. Para hacer ciencia no se puede uno basar en creencias, mitos, leyendas, rumores, habladurías. La ciencia trabaja con hechos, con datos contrastados, con teorías y con modelos de la realidad. Todo debe estar corroborado por la experiencia y los mismos experimentos deben ser reproducibles en las mismas condiciones por cualquier investigador. La ciencia avanza siempre gracias a la autocrítica, el autoanálisis y el absoluto sometimiento al contraste de los diferentes modelos propuestos. Cuando un modelo no explica las observaciones y los experimentos se abandona en favor de otro que sí lo haga. Por así decirlo, la ciencia intenta en todo momento proporcionar una imagen de la realidad, pero sin llegar nunca a afirmar qué es la verdad. Siempre se actualiza, siempre se mueve entre aproximaciones y extrapolaciones. Y, sobre todo, siempre es consciente de sus límites.
En el otro extremo, muy lejos de la ciencia, se encuentra el Reverso Tenebroso o, lo que es lo mismo, la malvada, malintencionada, traidora y dañina pseudociencia. Sus armas o sus herramientas de juego son lo menos parecidas que nos podamos imaginar a las de la ciencia. La pseudociencia se alimenta de creencias sin fundamentar, de mitos, de opiniones subjetivas, no contrastadas ni contrastables. Fomenta el pensamiento fácil, cómodo, la superstición, la irracionalidad, la magia, la superchería. En definitiva, la incultura. La pseudociencia siempre se cree en la posesión de la verdad, una verdad absoluta e inamovible. Eso sí, también suele ser caprichosa y no someterse ni obedecer ley alguna. Unas veces parece funcionar y otras no y resulta extremadamente complicado reproducirla en condiciones controladas.
Y todos sabéis que el Reverso Tenebroso es fuerte, muy fuerte. En él hay fuerzas poderosas que nos atraen porque nos deslumbran, nos hacen creer que un mundo diferente es posible, que existen extraterrestres escurridizos a nuestro alrededor capaces de hacernos las perrerías sexuales con las que siempre hemos soñado los viciosos; que todos podemos comprarnos fácilmente nuestra propia nave espacial sin más que adivinar los números del sorteo intergaláctico por medio de la precognición, una capacidad al alcance de unas cuantas personas que curiosamente se ganan la vida adivinando el futuro para otros y no para sí mismos, haciendo alarde de su enorme altruismo; que conspiraciones malvadas orquestadas por fuerzas poderosas nos mantienen permanentemente engañados a miles de millones de nosotros; que existen móviles perpetuos; que el mundo está a punto de desaparecer en casi cualquier fecha que se nos pueda ocurrir, sea esa fecha una cifra capicúa, formada por números primos o por múltiplos irracionales del número pi, todo vale. Y cuando todo fracasa, entonces sí utilizan métodos científicos, es decir, abandonan la teoría y eligen inmediatamente otra. La pseudociencia trabajando con la técnica de su más feroz enemiga.
Os decía más arriba que este blog es un blog escéptico. Y lo decía porque desde aquí intento siempre usar la razón, que todos vosotros uséis la razón a la hora de aplicar las leyes físicas a muchos de los fenómenos que podemos observar en las escenas de las películas de ciencia ficción. Muchas veces, esas escenas únicamente pretenden entretener, divertir y proporcionar espectáculo. En cambio, en otras ocasiones, lo que se muestra en la pantalla puede conducir a las personas a adquirir una imagen de la ciencia y de los científicos que muy poco o nada tiene que ver con la realidad, presentando a ambos como algo raro, poco común, friki, sólo apto para empollones, genios o chiflados. Pensad tan sólo en los personajes de científicos locos que pululan por las películas de ciencia ficción. Yo aún no conozco a ninguno así y os aseguro que tengo el gusto de conocer muchos. Esa imagen ha traído y sigue trayendo mucho prejuicios hacia los profesionales que nos dedicamos en cuerpo y alma a la labor científica.
Es probable que los científicos no sepamos vender nuestra imagen y por ello nos va como nos va. La sociedad no nos conoce y, peor aún, no conoce nuestro trabajo, para qué sirve y cuál es su importancia en el mundo que vivimos, extraordinariamente dependiente de la ciencia y la tecnología. Luego, la misma sociedad mira a los adivinos, a los charlatanes de feria, a los vendedores de misterios sin explicar y ven luz, fuegos artificiales, colores deslumbrantes, espíritus, catástrofes, futuros predecibles, planetas habitados por todos los rincones de la galaxia, platillos volantes megasecretos que pululan por nuestra atmósfera, etc. Y, claro, todo eso es mucho más bonito, requiere mucho menos esfuerzo de comprensión y ofrece diversión más inmediata y más fuerte. ¿Qué pasa entonces? Pues que los programas televisivos pseudocientíficos abundan a horas accesibles y el pequeño rinconcito para hablar de ciencia se exhibe a horas de brujas. ¿Curioso, verdad? ¿Por qué no eligen las franjas horarias tenebrosas los programas tenebrosos?
En fin, vuelvo al principio, ya que esto de improvisar no se me da demasiado bien. Pretendía decir muchas cosas que no se me ocurren ahora y que no tengo tiempo para decir. Pero sé que sois lectores inteligentes a la altura de este blog inteligente ;-) y me entendéis perfectamente lo que he dicho y lo que he querido decir. Y si no es así, os recomiendo que utilicéis la precognición o me leais el pensamiento, que tampoco es tan difícil. Incluso yo sé lo que estoy pensando...
Y hasta aquí su texto. Pero no quiero dejaros sin unas pocas dudas para que le deis vueltas a la cabeza. Si habéis leído atentamente habréis visto que el texto desdeña todo lo subjetivo sin piedad y plantea como deficiencia el hacerle caso al instinto. ¿Y en qué lugar deja eso a este blog subjetivo e instintivo? Pues en uno muy bueno a mi parecer.
El pensamiento racional se puede aplicar al mundo subjetivo sin caer en misticismos absurdos. Por ejemplo, podemos saber si una fruta está podrida o no sin necesidad de comprobarlo. Para vosotros a lo mejor es evidente, subjetivo y anodino, pero para un científico puede resultar todo un esfuerzo de comprobaciones interminables el asegurarse de que todos los sistemas que comprende funcionan de la forma esperada y, por tanto, la sensación percibida es real.
Sin embargo, lo ideal en mi opinión es un punto intermedio. Si nos dejamos llevar por la cultura, sin pensar por nosotros mismos, acabamos alienándonos y perdiéndonos grandes oportunidades.
Por otra parte, si nos aferramos al empirismo y al método científico como el único válido, acabaremos obsesionados y perdiendo la capacidad de disfrutar de nada que no sea matemático y preciso.
Un punto intermedio sería dudar de todo mientras podamos, pero sin dejar que un error en una conclusión nos guíe por un camino equivocado. Si la inmensa mayoría de las frutas podridas huelen mal, no vamos a desechar esa teoría sólo por encontrarnos una almendra amarga. Normalmente el subconsciente no se equivoca. Hacedle caso y, a la vez, usad el resto de vuestro cerebro para predecir (que no adivinar ni vaticinar) los acontecimientos que ya conocéis.
Otro día hablaremos más en profundidad del tema, si a alguien le interesa.
Sed felices.